El significado de San Jacinto para la profesión veterinaria (Segunda parte)

AUTOR: Biol. Rodrigo Merino Barba

La historia de la medicina veterinaria en México puede comprenderse como un proceso prolongado, marcado por discontinuidades políticas, disputas conceptuales y reacomodos institucionales profundos. Lejos de responder a una evolución lineal o armónica, su consolidación fue el resultado de tensiones persistentes entre modelos heredados y aspiraciones modernas, entre la subordinación administrativa y la búsqueda de autonomía científica, entre las urgencias productivas del Estado y la reflexión académica propia del ámbito universitario. En ese trayecto pueden distinguirse con claridad analítica dos grandes momentos formativos que definieron el rumbo de la profesión en el país.

El primero corresponde al surgimiento del saber veterinario organizado en México. Se trata de una etapa fundacional que culminó en 1914 con la titulación de 86 médicos veterinarios, quienes constituyeron el núcleo pionero de una profesión que empezaba a trascender; su formación se desarrolló en condiciones frágiles, dependiente de estructuras administrativas inestables y de una institucionalidad científica que apenas comenzaba a afirmarse. Este proceso se interrumpió de manera abrupta con el estallido de la Revolución Mexicana. La clausura definitiva de la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria, ocurrida en uno de los momentos más críticos del conflicto armado, no significó únicamente el cierre de un plantel, sino la suspensión forzada de un proyecto científico en plena gestación; la inestabilidad política relegó el desarrollo académico a un segundo plano, subordinando la continuidad del conocimiento veterinario a las prioridades inmediatas de la guerra.

El segundo momento se abrió en un país ya transformado; tras los años más violentos del conflicto revolucionario, México enfrentó la necesidad impostergable de reconstruir sus estructuras productivas, sanitarias y educativas. En ese contexto, la medicina veterinaria comenzó a adquirir un nuevo significado estratégico; ya no se trataba solo de una disciplina auxiliar, sino de un campo indispensable para la reorganización del medio rural, el control de las enfermedades animales, la protección de la salud pública y la modernización de la industria pecuaria. La creación de una institución dedicada exclusivamente a la formación científica de médicos veterinarios dejó de ser una aspiración marginal para convertirse en una prioridad de Estado.

Esta nueva visión fue impulsada por diversos actores que coincidieron en la necesidad de redefinir el papel de la veterinaria en el proyecto nacional. Años más tarde, el doctor Samuel Ramírez Moreno sintetizaría esta postura al afirmar que la profesión no podía seguir concibiéndose como una especialidad secundaria, por el contrario, debía reconocerse su responsabilidad directa en la economía del país, en la sanidad colectiva y en la formación de cuadros técnicos capaces de conducir el desarrollo agropecuario. Desde esta perspectiva, la ciencia y la educación veterinaria debían abandonar cualquier papel pasivo y asumirse como motores activos del progreso social.

El entorno político favoreció esta transformación. A finales de 1914, Venustiano Carranza estableció en Veracruz la capital provisional de la República y, desde ahí, impulsó una serie de reformas administrativas de largo alcance. En ese marco, el ingeniero Pastor Rouaix Méndez (fig. 1) fue designado encargado del despacho de la Secretaría de Agricultura y Fomento, y nombró al ingeniero Leonardo Pescador como director general de Agricultura. Tras el retorno del gobierno constitucionalista a la Ciudad de México, el ingeniero Pescador emprendió una profunda reorganización del sector, en estrecho diálogo con el médico veterinario Olayo Fraustro Mireles (fig. 2), quien insistía reiteradamente en la urgencia de crear una Escuela de Veterinaria con identidad propia.

Figura 1. Ingeniero Pastor Rouaix Méndez.

Figura 2. MV. Olayo Fraustro Mireles.

La iniciativa no estuvo exenta de controversias; el ingeniero agrónomo Carlos Macías defendió con firmeza la separación institucional entre la enseñanza agrícola y la veterinaria. Aunque ambas disciplinas habían crecido de manera conjunta, las nuevas exigencias científicas y administrativas requerían estructuras diferenciadas. Para el Dr. Macías, la nueva escuela debía depender de la Secretaría de Instrucción Pública, por su afinidad académica con la Escuela Nacional de Medicina; el veterinario Fraustro, en cambio, sostenía que su adscripción natural correspondía a la Secretaría de Fomento, dado su papel productivo y estratégico en el desarrollo nacional. Estas divergencias también se reflejaron en los proyectos académicos presentados ante el Departamento de Enseñanza Agrícola y Veterinaria.

Dos planes de estudio fueron sometidos a consideración. El primero, que incluía estudios preparatorios, fue elaborado por el Dr. Antonio Guerra Iglesias, el veterinario Olayo Fraustro y el propio Dr. Macías; el segundo, centrado exclusivamente en la formación profesional, fue desarrollado por los doctores Arturo G. Matute y Miguel R. Ceceña. Tras su análisis, el ingeniero Pastor Rouaix solicitó ajustes al segundo proyecto y lo presentó al presidente Venustiano Carranza, quien firmó el decreto de creación de la nueva escuela y la adscribió finalmente a la Secretaría de Fomento, Colonización e Industria.

En sus primeros meses, la institución operó bajo la supervisión directa de la Dirección General de Agricultura y del Departamento de Enseñanza Agrícola y Veterinaria; poco después, el ingeniero Rouaix designó al médico veterinario Elías E. Guzmán (fig. 3) como primer director. El ciclo inaugural inició con apenas 31 alumnos, en su mayoría provenientes de la escuela clausurada en 1914, lo que permitió retomar trayectorias formativas interrumpidas por la guerra. A pesar de su reducido número, aquella generación tuvo un valor simbólico incuestionable: representando el renacimiento formal de la enseñanza veterinaria en México, con sede en el histórico edificio de San Jacinto.

Figura 3. MV Elías E. Guzmán.

La ceremonia de inauguración, celebrada el 5 de mayo, fue descrita como un acto sobrio y solemne. En el discurso inaugural se subrayó la trascendencia histórica del acontecimiento y se reconoció que la veterinaria había sido relegada durante décadas, solo el impulso revolucionario, se afirmó, había permitido situarla en el lugar que le correspondía. Asimismo, se reiteró el compromiso del gobierno constitucionalista de orientar esta ciencia hacia la producción de alimentos, el fortalecimiento del trabajo rural y la protección sanitaria de la población.

El documento fundacional estableció con claridad la distinción conceptual entre veterinaria y ganadería, mientras la primera se definía como una ciencia médica aplicada a los animales domésticos, la segunda se orientaba a su reproducción y mejoramiento; separarlas institucionalmente no implicaba romper su vínculo, sino permitir el desarrollo pleno de ambas disciplinas, tal como ocurría en países con tradiciones científicas consolidadas.

Con la restauración del orden constitucional en 1917, el Estado mexicano emprendió una profunda reorganización de sus instituciones educativas. En ese proceso, la enseñanza veterinaria enfrentó una crisis de identidad, limitada a cuatro años de estudios estrictamente profesionales. La carrera continuaba siendo vista socialmente como una formación técnica de alcance limitado. Esta percepción, particularmente en el ámbito médico, obligó a replantear de manera radical la estructura académica del plantel.

Bajo la dirección del médico veterinario Eutimio López Vallejo surgió la propuesta de incorporar el término “medicina” al nombre de la institución. La iniciativa fue respaldada por una comisión integrada por destacados científicos, entre ellos los profesores Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena, y culminó con la firma del decreto del 5 de marzo de 1918, que amplió el plan de estudios a seis años y otorgó al establecimiento su nueva denominación: Escuela Nacional de Medicina Veterinaria (fig. 4).

Figura 4. Práctica médica escolar en la Escuela Nacional de Medicina Veterinaria.

La reforma, sin embargo, coincidió con una severa crisis económica. Ese mismo año, la Secretaría de Agricultura y Fomento notificó la suspensión temporal de actividades y del pago al personal; aunque la escuela no fue formalmente clausurada, la amenaza fue real, profesores y veterinarios ofrecieron continuar la enseñanza sin remuneración, gesto que, aun sin concretarse plenamente, evidenció el profundo compromiso del gremio. Las clases se reanudaron en junio, con salarios reducidos y el regreso paulatino de los estudiantes.

La muerte en funciones del director, el médico veterinario Elías E. Guzmán, en noviembre de 1918, marcó otro momento crítico. Bajo la dirección interina del veterinario Ramón Pantoja, se impulsaron nuevos ajustes curriculares y se fortalecieron áreas clave como la clínica, la bacteriología y la enfermería. En 1919, la matrícula comenzó a recuperarse y la escuela consolidó su funcionamiento en los terrenos del antiguo Hospicio de San Jacinto.

Durante la década de 1920, la institución avanzó de manera sostenida en la construcción de su identidad. Se creó un escudo propio (fig. 5) y se adoptó el lema Scientia medica non est duplex, sed unica —la ciencia médica no es doble, es una— que afirma la unidad esencial de las ciencias médicas. Al mismo tiempo, la veterinaria demostró su relevancia estratégica al enfrentar el primer brote de fiebre aftosa y al participar activamente en campañas sanitarias de alcance nacional.

Figura 5. Escudo de la Escuela Nacional de Medicina Veterinaria.

La incorporación a la Universidad Nacional en 1929 representó un punto de inflexión decisivo. Tras intensas negociaciones en el contexto del movimiento por la autonomía universitaria, la Escuela Nacional de Medicina Veterinaria dejó de depender de la Secretaría de Agricultura y se integró plenamente al ámbito universitario. Con ello, aseguró la estabilidad académica, el reconocimiento científico y una proyección institucional acorde con su función social.

Las décadas posteriores estuvieron marcadas por debates internos, redefiniciones curriculares y discusiones en torno a la zootecnia, hasta que la incorporación de este término al nombre de la escuela y al título profesional respondió a la necesidad de ampliar y proteger el campo de acción del médico veterinario, reafirmando su papel en la producción, el mejoramiento genético y la seguridad alimentaria.

El traslado definitivo a Ciudad Universitaria en 1955 simbolizó la culminación de este largo proceso; no fue únicamente un cambio de sede, sino la consolidación de un proyecto académico moderno, con infraestructura adecuada, integración plena a la vida universitaria y una identidad profesional claramente definida. Para entonces, la institución había formado a 320 egresados, lo que representó un incremento superior al 270% respecto a su primera etapa formativa. Aunque en distintos momentos ocupó sedes provisionales, el edificio de San Jacinto siempre permaneció como su referente simbólico: su auténtica Alma Mater, origen de la medicina veterinaria en México y en América.

Leave a reply