
El significado de San Jacinto para la profesión veterinaria (Primera parte)
AUTOR: Biol. Rodrigo Merino Barba
Hablar del antiguo Hospicio de San Jacinto es evocar uno de los lugares fundacionales de la ciencia veterinaria en México. Este recinto, cuya historia se remonta a la época virreinal, fue testigo del tránsito entre dos mundos: del retiro religioso al estudio científico, del claustro dominico al aula universitaria. En sus patios y corredores nació, en 1853, la primera Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria, antecedente directo de la actual Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM.
Durante la época novohispana, el edificio aún no tenía un destino académico; su función era la de hospicio: un albergue temporal para los frailes dominicos que viajaban entre España y las Filipinas. Fue fray Diego de Soria quien concibió la idea de establecer una residencia para esos religiosos en tránsito. Con la autorización del virrey Gaspar de Zúñiga y con un respaldo económico del erario real, adquirió en 1598 un terreno al poniente de la capital, junto al camino a Tacuba; allí se edificaron el templo dedicado a San Jacinto y un claustro de amplios techos de cedro, capaz de alojar a los frailes viajeros.
A finales del siglo XVII, el italiano Giovanni Francesco Gemelli Careri describió el hospicio como una iglesia modesta pero armoniosa y un claustro que daba cobijo a unos cincuenta frailes. Dicho albergue se sostenía gracias a la venta de sus propios productos agrícolas, especialmente los de sus huertas, que generaban considerables ingresos. Para finales del siglo XVIII, San Jacinto había adquirido una notable relevancia económica y social: poseía una hacienda, era uno de los principales abastecedores de hortalizas de la capital y representaba los intereses de los dominicos filipinos ante las autoridades del virreinato.
Con la independencia de México, el panorama cambió radicalmente. En 1837, ante la nueva realidad económica, el fraile José María Servín vendió los terrenos y el edificio. Dos décadas más tarde, bajo el gobierno de Antonio López de Santa Anna, se impulsó la creación de instituciones que consolidaran al joven Estado mexicano. Una de ellas fue el Colegio Nacional de San Gregorio, dependiente del recién fundado Ministerio de Fomento, Colonización, Industria y Comercio; en su interior se estableció primero el Colegio de Agricultura. Poco después, el ministro Joaquín Velázquez de León promovió la creación de la primera escuela de veterinaria del país —y de América—, cuyo decreto se firmó en la Villa de Tacubaya el 17 de agosto de 1853 (fig. 1).

El gobierno adquirió entonces los terrenos del antiguo Hospicio de San Jacinto para instalar allí el nuevo plantel. Dada su amplitud y ubicación, el edificio fue adaptado para aulas, dormitorios, establos y campos para la práctica agrícola y veterinaria; así, el viejo claustro dominico se transformó en un recinto consagrado al conocimiento científico.
El plan de estudios de 1853 contemplaba cuatro años y quince asignaturas que combinaban idiomas, economía rural y conocimientos sobre équidos. El primer profesor de veterinaria fue el médico francés Eugène Bergeyre Lagrange, egresado de la Escuela de Veterinaria de Toulouse, cuya llegada marcó el inicio formal de la enseñanza veterinaria en México. Leopoldo Río de la Loza, eminente científico mexicano, colaboró estrechamente con él en la organización de las primeras cátedras de veterinaria de San Jacinto.
Durante el gobierno de Ignacio Comonfort, en 1856, la institución adoptó el nombre de Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria. Con Río de la Loza al frente, se modernizaron los planes de estudio e incorporaron las carreras de Agricultor, Administrador de Fincas y Veterinario, equilibrando teoría y práctica. En los terrenos anexos se cultivaban maíz, trigo, maguey y árboles frutales, cuyos productos contribuían al sostenimiento económico de la escuela.
Los primeros alumnos de veterinaria fueron admitidos en 1857, tras una campaña de promoción de la Escuela de Artes y Oficios. De esa primera generación —integrada por José de la Luz Gómez (fig. 2), José E. Mota, Manuel y Mariano Aragón, José Lugo, Manuel Escobar y José Navarro— surgirían los primeros veterinarios mexicanos titulados en 1862. Muchos de ellos se convirtieron en profesores e inspectores sanitarios; Gómez y Aragón, por ejemplo, encabezaron la primera inspección oficial del rastro de la Ciudad de México, lo que marcó el inicio del ejercicio público de la profesión.

No obstante, los acontecimientos políticos del país afectaron seriamente la vida institucional. Durante la Guerra de Reforma y la intervención francesa, el plantel sufrió saqueos y cierres temporales; en 1863, las tropas francesas ocuparon el recinto y lo convirtieron en cuartel militar, interrumpiendo las clases. Bajo el régimen del Imperio de Maximiliano, el plantel funcionó brevemente con el nombre de Escuela Imperial de Agricultura y Veterinaria, dirigida por Joaquín Varela.
Con el triunfo de la República, el presidente Benito Juárez ordenó su reapertura y nombró director al doctor Ignacio Alvarado, quien impulsó una amplia restauración del inmueble y reorganizó la enseñanza.
Durante los primeros años del Porfiriato, la escuela atravesó una etapa de consolidación. En 1877, Porfirio Díaz designó como director al agrónomo Gustavo Ruiz Sandoval, quien fue el primer egresado de la institución en ocupar dicho cargo. Su gestión fortaleció la enseñanza práctica e introdujo un plan de estudios con un enfoque más sistemático; además, se reorganizó la Enfermería Veterinaria, bajo la dirección del doctor Manuel Granados, con la atención de animales enfermos de toda la ciudad. Paralelamente, se inició la construcción del edificio actual.
Entre 1878 y 1883 se vivió un verdadero florecimiento académico; profesores y alumnos fundaron la Sociedad Agrícola Veterinaria y la Sociedad Ignacio Comonfort, y dieron inicio a la publicación de El Veterinario y el Agricultor Práctico, la primera revista mexicana especializada en su campo, redactada por José E. Mota y Miguel García. Bajo el ministerio de Fomento de Carlos Pacheco, la enseñanza de la microbiología —inspirada en las teorías de Louis Pasteur— fue introducida por José de la Luz Gómez, lo que convirtió a la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria en la primera institución del país en adoptar formalmente la bacteriología como disciplina científica.
La descripción del edificio por parte de Rivera y Cambas en 1882 muestra un San Jacinto aún con espíritu colonial, pero plenamente adaptado a la vida académica: los antiguos corredores y celdas se utilizaban como dormitorios y aulas; las huertas servían de campos de práctica; y el conjunto contaba con observatorio meteorológico, gabinetes de física y química, y una biblioteca especializada. La institución también formó a los primeros veterinarios militares del ejército mexicano.
Entre 1908 y 1914, la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria, vivió una profunda transformación institucional y política que reflejó los cambios del país en vísperas y durante la Revolución. En 1910, fue escenario de exposiciones agrícolas y ganaderas, visitas presidenciales y actividades académicas que mostraban el auge del Porfiriato y la creciente importancia de la educación técnica; la fundación de la Sociedad de Veterinarios y las exhibiciones de la Estación Agrícola Central consolidaron su prestigio como centro de referencia en ciencias agropecuarias (fig. 3).

Un año después, los alumnos fundaron la Sociedad Fraternal Veterinaria y protagonizaron una de las primeras huelgas estudiantiles del país, en protesta por la mala calidad de los alimentos, del vestuario y del sistema de evaluación. El conflicto derivó en enfrentamientos con la policía montada, en expulsiones masivas de alumnos y en negociaciones con el ministro de Fomento, quien finalmente accedió a sus demandas.
Poco después, los estudiantes se unieron a las manifestaciones que exigían la renuncia de Porfirio Díaz, participando activamente en el despertar político de la juventud mexicana. Durante el gobierno de Francisco I. Madero, se impuso un régimen militar en la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria, bajo el argumento de reforzar la disciplina, lo que provocó nuevas protestas y huelgas.
Con la caída de Madero y el ascenso de Victoriano Huerta en 1913, esta institución fue completamente militarizada: el director recibió el grado de coronel y los alumnos, el de cadete, lo que provocó que muchos de ellos se unieran a las filas revolucionarias. Un año después, un intento de atentado contra el presidente Victoriano Huerta, frente a San Jacinto, derivó en dos fusilamientos y en nuevas tensiones políticas y militares dentro del plantel.
Finalmente, por razones económicas y administrativas, la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria fue clausurada a fines de 1914, después de concluir los exámenes correspondientes, teniéndose registrado un total de 86 médicos veterinarios graduados en esta primera etapa.
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